El miedo de los dominicanos a las culebras y la verdad de las cosas.



Por Domingo Ramos

Los moradores de Haina, San Cristóbal, han perdido la paz y apenas duermen. Una enorme serpiente (Boa de la Hispaniola) de aproximadamente unos 1.5 metros de largo y un grosor de seis a siete centímetros se desplaza silenciosa entre bosques, árboles y otros espacios, sin que se conozca su paradero exacto. Por eso los nervios de los «jaineros» se encuentran al borde de la explosión. Y es natural que así suceda.
     
Es natural, porque existen miedos culturales, aprendidos. Y en nuestro país, uno de esos miedos culturales o aprendidos es el miedo a las culebras. Posiblemente el 95% o más de los dominicanos padezca esa fobia (ofidiofobia)
     
A mí, por ejemplo, cuando niño, me inculcaron en mi subconsciente todo lo malo o negativo acerca de estos reptiles.
     
Me dijeron que las culebras  «bajiaban» a las personas, que daban «fuetazos», que cantaban cuando eran muy grandes, que si las orinaban sacaban las patas, que introducían su cola en la boca del bebé, mientras ellas extraían la leche del seno de la madre, que cuando una resultaba herida y dividido su cuerpo en dos partes, venían otras y lo unían, que sólo agarradas con la mano izquierda se podían dominar y, por último, que antes andaban paradas, pero un día la virgen las maldijo y, a partir de ahí, comenzaron a moverse arrastrando sus cuerpos.
     
Todo eso me decían insistentemente mis parientes, vecinos y demás personas mayores, logrando, de esa manera, que en mi ingenua mente infantil se forjaran las más satánicas y monstruosas imágenes relativas a la naturaleza de un animal acerca del cual, hasta en el bíblico relato, se habla de su seductor y perverso protagonismo.
     
Luego aprendí que todo eso no era más que una especie de Realismo Mágico. Que nada de eso era cierto, que las culebras de aquí son inofensivas y que en lugar de proporcionarle daños a los seres humanos, lo que hacen es huir de estos.
     
Eso aprendí; pero como el subconsciente no borra, confieso que de solo escuchar la palabra culebra o serpiente, mi cuerpo comienza a temblar; y cuando muy cerca tengo a uno de estos animales, mis músculos casi se paralizan y apenas puedo correr.         Por esa razón, mientras más lejos de mí se encuentran, mayor es mi felicidad. Por eso, en cada serpiente yo veo un monstruo. Por eso, mientras más me dicen que las culebras y serpientes  dominicanas son inofensivas, más miedo les tengo. Mi ofidiofobia, pues, tengo que reconocerla y, al mismo tiempo, calificarla de severa o extrema.
    
Juan Bosch recrea ese miedo y parte de  esas creencias en uno de sus cuentos magistrales, ‟ La pájara”:

«- Cuéntenos lo de la culebra, viejo.
    
 -Yo andaba detrás de la yegua vaya. Esa condenada se metió por quebrada. Entonces estaba lobita. Le tiré el lazo como diez veces, pero se me diba, porque había mucho matojo.
       
Las palabras le salen como humo.
      
-En eso la vide que se quedó mirando para abajo, se espantó y largó un relincho. Yo también vide porque me chocó: ahí mesmo estaba la culebra, colorada y de este gordo…
     
Chilín retira su mano del cachimbo y con las dos abraca la pierna derecha.
        
-Estaba enrollaíta-prosigue- y se quedó aguaitándome. ¡Mire! Y ni an me quiero acordar. Creí que me diba a bajiar. Jalé por el colín y le tiré un machetazo, pero se desenrrolló y salió en carrera…»

Compadezco a los hermanos moradores del municipio de Haina. Sé que hasta tanto esa gigantesca y trotamundos boa no aparezca, tranquilos nunca estarán. Yo, en su lugar, quizás hubiera abandonado el lugar y colocado en mi casa el siguiente letrero: CERRADA HASTA NUEVO AVISO